RUTA de la CAPACITACIÓN


RUTA de la CAPACITACIÓN

1) Presentación 2) Temario y Temario Continuación
3) Bibliografía Generadora 4) Video Generador
5) Capítulo correspondiente

Pestañas secundarias:
Herramientas de Acción Sindical

Verán que parte importante de lo expuesto tiene origen en materiales del PO y especialmente su Tendencia. Es opinión personal tras más de 38 años de lectura y seguimiento crítico, que es la vertiente política más clara y honestamente representativa de las verdaderas ideas socialistas y revolucionarias que son objeto de este material de análisis y debate.

lunes, 17 de agosto de 2020

A 3 SINDICALISMO EN EPOCA DE TRANSICIÓN

 Lectura generadora correspondiente al Capítulo 3

Objetividad y subjetividad en el planteamiento del programa: las consignas transicionales

Como pudimos ver en las páginas precedentes, metodológicamente, el Programa de Transición no se construyó a partir de la subjetividad de las masas, sino del desarrollo objetivo de las relaciones sociales a escala global. Es decir que, poniendo en práctica la teoría materialista de la historia, Trotsky señaló, inequívocamente, el predominio de los factores objetivos sobre los subjetivos:

“La orientación de las masas está determinada ante todo por las condiciones objetivas del capitalismo en descomposición, y en segundo lugar por la política traidora de las viejas organizaciones obreras. Entre estos factores, el factor decisivo es, evidentemente, el primero: las leyes de la historia son más poderosas que los aparatos burocráticos”.

Este planteo fue repetido, sistemáticamente, en los debates que Trotsky mantuvo, en su casa de Coyoacán, con los dirigentes del Socialist Workers Party (sección de la IV Internacional en Estados Unidos), los que le presentaban dudas acerca de la pertinencia de plantear a los obreros norteamericanos una serie de consignas del programa de transición, debido a su estado de conciencia. Frente a ellos, aseguró:

Decimos guiarnos por el marxismo, por el socialismo científico. ¿Qué significa ‘socialismo científico’? Significa que el Partido que incorpora esta ciencia social parte, como en toda ciencia, no de los deseos, inclinaciones o estados de ánimo subjetivos, sino de los hechos objetivos, de la situación material de las diversas clases y de las relaciones que éstas entablan. Sólo a través de este método podemos establecer las consignas apropiadas a la situación objetiva. Sólo a partir de él podemos adaptar estas reivindicaciones y consignas a la conciencia dada de las masas. Pero partir de esta conciencia, como si se tratara del hecho fundamental, no fundamentaría una política científica, sino coyuntural, demagógica o aventurerista”.(34)

Este planteo metodológico no es aislado, sino que se repite, insistentemente en cada polémica o intervención programática de Trotsky. Por ejemplo, al debatir en torno al supuesto atraso político de los obreros americanos, aborda la cuestión abiertamente, planteando “si el programa debe adaptarse a la mentalidad de los trabajadores americanos o a las actuales condiciones económicas y sociales del país. Ese es el problema más importante a dilucidar”.(35) A lo que responde, indefectiblemente (pido disculpas por la extensión de la cita):

“El programa debe expresar las tareas objetivas de la clase obrera antes que el atraso de los obreros. Debe reflejar la sociedad como es, y no el atraso de la clase obrera. Es un instrumento para superar y derrotar el atraso (…) ¿Qué puede hacer un partido revolucionario (…)? En primer término, dar una imagen clara y honesta de la situación objetiva, de las tareas históricas que de ella se desprenden, independientemente de si los obreros están hoy maduros para ella o no. Nuestras tareas no dependen de la conciencia de los trabajadores. La tarea consiste en desarrollar su conciencia (…) Debemos decir a los obreros la verdad (…) Si éstos serán capaces de guiar a la clase obrera, de llevarla al poder, no lo sé (…) Pero aún en el peor caso (…) si esta clase obrera cae víctima del fascismo, los mejores elementos dirán: ‘Este partido nos advirtió; fue un buen partido’. Y una gran tradición permanecerá en la clase obrera. Por eso, todos los argumentos de que no podemos dar a conocer semejante programa porque no corresponde a la conciencia de los obreros son falsos. Expresan solamente el temor ante la situación”.(36)

Esta respuesta se basa en un principio teórico fundamental del materialismo, a saber, que “el nivel de conciencia de cualquier clase social viene determinado por las condiciones objetivas, por las fuerzas productivas, por la situación económica del país”, aunque “esta determinación no se refleja inmediatamente”. Esta contradicción constituye el fundamento material para la apelación a un programa de transición que permita unificar la realidad objetiva (condiciones maduras para una revolución socialista) con la subjetividad obrera (en 1938, caracterizada por “la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia”).

Desde esta perspectiva, el Programa de Transición representa un puente que busca unir, por medio de reivindicaciones transicionales, los intereses más inmediatos de las luchas obreras (salarios, condiciones laborales, duración de la jornada de trabajo), con los problemas más generales de la clase (el papel de los sindicatos, los comités de fábrica, la naturaleza de la alianza entre obreros y campesinos), el Estado (el control obrero de la industria, la estatización de la banca y el comercio exterior) y la revolución socialista (la lucha antiimperialista; la expropiación de la burguesía industrial y financiera; la unidad de la lucha huelguística y la acción de masas armada; el carácter del gobierno obrero y campesino):

“La tarea estratégica del próximo período -período pre-revolucionario de agitación, propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y descorazonamiento de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.

Es decir que el Programa de Transición no constituye una especie de “recetario” de consignas a la carta que deben esgrimirse, aleatoriamente, de acuerdo al humor de las masas. Por el contrario, constituye un programa que, por medio de una caracterización de las condiciones objetivas, establece el camino subjetivo que los trabajadores deben recorrer, siempre y sin excepción, para la conquista del poder político y la revolución socialista. En este sentido, las consignas evolucionan radicalmente, y tienen por objetivo “dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués”:

“La IV Internacional no rechaza las del viejo programa ‘mínimo’ en la medida en que ellas han conservado alguna fuerza vital. Defiende incansablemente los derechos democráticos de los obreros y sus conquistas sociales, pero realiza este trabajo en el cuadro de una perspectiva correcta, real, vale decir, revolucionaria.

En la medida en que las reivindicaciones parciales –‘mínimum’- de las masas entren en conflicto con las tendencias destructivas y degradantes del capitalismo decadente -y eso ocurre a cada paso, la IV Internacional auspicia un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués. El viejo ‘programa mínimo’ es constantemente superado por el programa de transición cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria”.

Ya en su crítica al VI congreso de la Internacional, en 1928, Trotsky se había explayado en torno al carácter de las consignas transicionales, señalando que ellas debían impulsar a la clase obrera a desplegar el proceso hasta alcanzar una nueva situación revolucionaria para la toma del poder.(38) De hecho, señaló que “el simple criterio de la posibilidad de su realización no es decisivo para nosotros”, en tanto:

“no son las conjeturas empíricas sobre la posibilidad o imposibilidad de realizar cualquier reivindicación transitoria las que pueden resolver el problema. Es su carácter social e histórico el que decide: ¿es progresiva para el desarrollo ulterior de la sociedad? ¿Corresponde a los intereses históricos del proletariado? ¿Consolida su conciencia revolucionaria? (…) El hecho de que esta reivindicación no sea satisfecha mientras domine la burguesía, debe empujar a los obreros al derrocamiento revolucionario de la burguesía. De esta forma, la imposibilidad política de realizar una consigna puede no ser menos fructífera que la posibilidad relativa de realizarla”.

En síntesis, la inclusión de consignas democráticas en el programa tenía la función de servir como puente para superar el desfasaje entre los elementos estructurales maduros y subjetivos insuficientes; entre la sociedad y la conciencia de clase del proletariado.

El tratamiento de las consignas resume la divergencia entre la Cuarta Internacional y el estalinismo, y reproduce la antigua división entre bolchevismo y menchevismo: “las reivindicaciones democráticas, las reivindicaciones transitorias y las tareas de la revolución socialista no están separadas en la lucha por etapas históricas, sino que surgen inmediatamente las unas de las otras”.

Por medio de este programa, Trotsky no sólo negó la posibilidad y necesidad de una “etapa” capitalista para las sociedades “atrasadas”, estableciendo las condiciones y necesidad de una estrategia socialista, sino que advirtió sobre la imposibilidad de construir el “socialismo en un solo país” en el marco de un mercado mundial capitalista.

El Programa de Transición: la teoría como “realidad generalizada”

El programa de Transición constituye, probablemente, el documento teórico más importante e influyente de la vida de Trotsky, resultante de una actividad militante ininterrumpida. Su elaboración no tuvo un objetivo eminentemente teórico, sino práctico, es decir, orientar el accionar del recientemente creado partido mundial de la revolución, la Cuarta Internacional, cuyo objetivo se concentraba en superar la crisis de la Comintern, es decir, superar la crisis de dirección del movimiento revolucionario mundial.

Para ello, Trotsky no sólo retomó la experiencia programática de la revolución de Octubre, sino también la de los primeros congresos de la III Internacional: a partir de la situación objetiva del desarrollo capitalista a escala global, el programa señaló el objetivo socialista de las revoluciones proletarias, advirtiendo que las tareas específicas en cada país o región, así como las consignas transicionales, dependían de las características de su desarrollo (desigual y combinado), atendiendo particularmente a su grado de atraso en el desarrollo de las fuerzas productivas, las características de su inserción en el mercado mundial y, fundamentalmente, la madurez política de la clase obrera, vinculada a la evolución histórica de la lucha de clases.

En términos teórico-metodológicos, el programa esbozado por Trotsky se opone por el vértice al de la burocracia estalinista y a las diversas gradaciones de nacionalismos burgueses: en 1938, mientras que Stalin llamó a justificar los frentes populares a través de un análisis de los modos de producción a escala nacional, que “pruebe” el predominio de relaciones feudales (tarea que, en la Argentina, llevó adelante el historiador comunista/peronista Rodolfo Puiggrós); Trotsky advirtió que, en la era del capital, no existía posibilidad de desarrollo autónomo alguno, por lo que el punto de partida del análisis lo constituía el sistema como un todo, y no los casos nacionales, señalando que el desarrollo desigual y combinado del sistema constituía el fundamento para el establecimiento de una estrategia socialista a escala mundial, incluso en los países atrasados, enfrentando el etapismo reformista de la burocracia soviética, que limitaba sus objetivos al establecimiento de “capitalismos nacionales”.(39)

El programa de transición, entonces, parte de la situación objetiva del sistema capitalista en su conjunto, y lejos de constituir una carta de consignas aleatorias, constituye un puente que busca conducir a los trabajadores desde sus reclamos cotidianos hasta la necesidad de la toma del poder.

Finalmente, es pertinente señalar que la metodología de Trotsky para elaborar el programa de transición no implica la cita de autoridad como forma sistemática de justificar sus puntos de vista. No procede a través de la exégesis y la hagiografía, sino por medio de un estudio original de la historia y las sociedades, apelando a la teoría del materialismo histórico y la experiencia internacional del proletariado, acumulada y expresada (en aquel entonces), por la teoría de Marx y Engels, en general, y por el bolchevismo y los congresos de la Internacional Comunista, en particular.

Es decir que, para Trotsky, la teoría no es otra cosa que “realidad generalizada”(40) , considerando que “El pensamiento revolucionario no tiene nada en común con la adoración de ídolos. Los programas y los pronósticos se ponen a prueba y se corrigen a la luz de la experiencia, que es el criterio supremo de la razón humana. El Manifiesto también requiere correcciones y agregados. Sin embargo, como lo evidencia la experiencia histórica, estas correcciones y agregados sólo pueden hacerse con éxito si se procede de acuerdo con el método que anida en las bases del Manifiesto mismo”.

Estas palabras de Trotsky confirman que ni siquiera Marx representaba, para él, una fuente infalible. De hecho, al cumplirse el 90 aniversario del Manifiesto Comunista, aseguró que su error más notorio lo constituía el haber previsto un inminente triunfo de la revolución socialista en los países europeos más desarrollados, resultante de un insuficiente tratamiento de la cuestión colonial y semicolonial.

Hoy nos corresponde, a 80 años del asesinato de su autor, no sólo publicitar, actualizar y poner en práctica el Programa de Transición, sino también explicar por qué Trotsky, al igual que Marx, fue demasiado optimista en sus previsiones, al asegurar, en 1937, que “cuando se festeje el centenario del Manifiesto Comunista, la Cuarta Internacional se habrá convertido en la fuerza revolucionaria decisiva de nuestro planeta”.

Antes que canonizar su figura, y fogonear el “autobombo”, el marxismo debe servirnos para ser implacables con nuestra propia historia, tarea ineludible para superar la crisis que atraviesa a la izquierda revolucionaria a escala mundial. Indudablemente, ello no será posible si vuelven a imponerse los viejos postulados estalinistas que pugnan por una “homogenización” política que, antes que impulsar los intereses más generales de la clase obrera, e interpelar a las masas en la lucha por el poder, se limitan a preservar mezquinamente una lógica de aparato.

(TRK LOS SINDICATOS EN LA ERA DEL TRANSICIÓN)

Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos en la degeneración, de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo; su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. 

Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y “anarquistas”. 

Este solo hecho demuestra que la tendencia a “estrechar vínculos” no es propia de tal o cual doctrina sino que proviene de condiciones sociales comunes para todos los sindicatos. 

El capitalismo monopolista no se basa en la competencia y en la libre iniciativa privada sino en una dirección centralizada. Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, bancas, etcétera, encaran la vida económica desde la misma perspectiva que lo hace el poder estatal, y a cada paso requieren su colaboración.

 A su vez los sindicatos de las ramas más importantes de la industria se ven privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre las distintas empresas. Deben enfrentar un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. 

LOS SINDICATOS EN LA ERA DE LA DECADENCIA IMPERIALISTA  –mientras se mantengan en una posición reformista, o sea de adaptación a la propiedad privada– de adaptarse al Estado capitalista y de luchar por su cooperación. A los ojos de la burocracia sindical, la tarea principal es la de “liberar” al Estado de sus ataduras capitalistas, de debilitar su dependencia de los monopolios y volcarlos a su favor. Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y la burocracia obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos, por demostrarle al Estado “democrático” hasta qué punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz, y especialmente en tiempos de guerra. 

Al transformar a los sindicatos en organismos del Estado el fascismo no inventó nada nuevo: simplemente llevó hasta sus últimas consecuencias las tendencias inherentes al imperialismo.

 Los países coloniales y semicoloniales no están bajo el dominio de un capitalismo nativo sino del imperialismo extranjero. Pero este hecho fortalece, en vez de debilitarla, la necesidad de lazos directos, diarios, prácticos entre los magnates del capitalismo y los gobiernos que, en esencia, dominan, los gobiernos de los países coloniales y semicoloniales. Como el capitalismo imperialista crea en las colonias y semicolonias un estrato de aristócratas y burócratas obreros, éstos necesitan el apoyo de gobiernos coloniales y semicoloniales, que jueguen el rol de protectores, de patrocinadores y a veces de árbitros. Esta es la base social más importante del carácter bonapartista ("arbitro, repartidor") y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y de los países atrasados en general. Esta es también la base de la dependencia de los sindicatos reformistas respecto al Estado. 

 Pero mientras el imperialismo extranjero domine el Estado nacional y pueda, con la ayuda de fuerzas reaccionarias internas, derrocar a la inestable democracia y reemplazarla con una dictadura fascista desembozada, la legislación sindical puede convertirse fácilmente en una herramienta de la dictadura imperialista. A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras. 

Al no existir la democracia obrera no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo esta posición sería falsa hasta la médula. 

No podemos elegir a nuestro gusto y placer el campo de trabajo ni las condiciones en que desarrollaremos nuestra actividad. Luchar por lograr ascendiente sobre las masas obreras dentro de un Estado totalitario o semitotalitario es infinitamente más difícil que en una democracia. Esto se aplica también a los sindicatos cuyo sino refleja el cambio producido en el destino de los Estados capitalistas.  

Tenemos que adaptarnos a las condiciones existentes en cada país dado para movilizar a las masas, no sólo contra la burguesía sino también contra el régimen totalitario de los propios sindicatos y contra los dirigentes que sustentan ese régimen. 

La primera consigna de esta lucha es: independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del Estado capitalista. Esto significa luchar por convertir los sindicatos en organismos de las grandes masas explotadas y no de la aristocracia obrera. * * * * * *

 La segunda consigna es: democracia sindical. Esta segunda consigna se desprende directamente de la primera y presupone para su realización la independencia total de los sindicatos del Estado imperialista o colonial. En otras palabras, los sindicatos actualmente no pueden ser simplemente los órganos democráticos que eran en la época del capitalismo libre y ya no pueden ser políticamente neutrales, o sea limitarse a servir a las necesidades cotidianas de la clase obrera. Ya no pueden ser anarquistas, es decir que ya no pueden ignorar la influencia decisiva del Estado en la vida del pueblo y de las clases. Ya no pueden ser reformistas, porque las condiciones objetivas no dan cabida a ninguna reforma seria y duradera

Los sindicatos de nuestro tiempo pueden servir como herramientas secundarias del capitalismo imperialista para la subordinación y adoctrinamiento de los obreros y para frenar la revolución, o bien convertirse, por el contrario, en las herramientas del movimiento revolucionario del proletariado. * * * * * * 

La neutralidad de los sindicatos es, total e irreversiblemente, cosa del pasado. Ha desaparecido junto con la libre democracia burguesa. * * * * * * 

De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aún más importante que nunca para todo partido revolucionario. 

Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia entre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer. * * * * * * 

Como en los países atrasados el papel principal no lo juega el capitalismo nacional sino extranjero, la burguesía nacional ocupa, en cuanto a su ubicación social, una posición muy inferior a la que corresponde al desarrollo de la industria. 

Como el capital extranjero no importa obreros sino proletariza a la población nativa, el proletariado nacional comienza muy rápidamente a jugar el rol más importante en la vida nacional. Bajo tales condiciones, en la medida en que el gobierno nacional intenta ofrecer alguna resistencia al capital extranjero, se ve obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado.

 En cambio los gobiernos de países atrasados que consideran inevitable o más provechoso marchar mano a mano con el capital extranjero destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario.

 De modo que la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado corta de raíz toda posibilidad de un régimen democrático estable.

 El gobierno de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asume en general un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren entre sí en que algunos tratan de orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientras que otros implantan una cerrada dictadura policíacomilitar. Esto determina también la suerte de los sindicatos: o están bajo el patrocinio especial del Estado o sujetos a una cruel persecución. 

Este tutelaje del Estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo, y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo el control de una burocracia. * * * * * * 

El capitalismo monopolista cada vez tiene menos interés en transigir con la independencia de los sindicatos. Exige que la burocracia reformista y la aristocracia obrera, que picotean las migajas que caen de su mesa, se transformen en su policía política a los ojos de la clase obrera. Cuando no se puede lograr esto, se reemplaza a la burocracia por el fascismo. Dicho sea de paso, todos los esfuerzos que haga la aristocracia obrera al servicio del imperialismo no podrán salvarla, a la larga, de la destrucción. 

La intensificación de las contradicciones de clase dentro de cada país, de los antagonismos entre un país y otro, producen una situación en que el capitalismo imperialista puede tolerar (claro que por cierto lapso de tiempo) una burocracia reformista, siempre que ésta le sirva directamente como un pequeño pero activo accionista de sus empresas imperialistas, de sus planes y programas, tanto dentro del país como en el plano mundial. El social-reformismo debe convertirse en social-imperialismo para poder prolongar su existencia, pero para prolongarla y nada más. Ese camino no tiene, en general, una salida.

 ¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semi-independientes. 

Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista, sino que se planteen como tarea directa el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser, en la práctica, los organismos de la revolución proletaria. 

En este sentido, el programa de consignas de transición adoptado por el último congreso de la Cuarta Internacional no es sólo un programa para la actividad del partido, sino que, en rasgos generales, es el programa para la actividad de los sindicatos..... * * * * * * 

El desarrollo de los países atrasados se caracteriza por su carácter combinado. En otras palabras: la última palabra en tecnología, economía y política imperialistas se combina en esos países con el primitivismo y el atraso tradicionales. El cumplimiento de esta ley puede ser observado en las esferas más diversas del desarrollo de los países coloniales y semicoloniales, incluso en la del movimiento sindical. El capitalismo imperialista opera aquí de la manera más cínica y desnuda. Transporta a un terreno virgen los métodos mis perfeccionados de su tiránica dominación. * * * * * * 

En el último período se puede notar en el movimiento sindical de todo el mundo un giro a la derecha y la supresión de la democracia interna. En Inglaterra fue aplastado el Movimiento de la Minoría de los sindicatos (no sin ayuda de Moscú); los dirigentes sindicales son hoy, especialmente en el terreno de la política exterior, fieles agentes del Partido Conservador. En Francia no había cabida para la existencia independiente de sindicatos estalinistas; se unieron a los llamados anarcosindicalistas bajo la dirección de Jouhaux, y el resultado de esta unificación no fue un giro general a la izquierda sino a la derecha. La dirección de la CGT es el agente más directo y abierto del capitalismo imperialista francés. En los Estados Unidos, el movimiento sindical ha pasado en los últimos años por su período más borrascoso. El surgimiento del CIO (Congreso de Organizaciones Industriales) es una evidencia irrebatible de la existencia de tendencias revolucionarias en las masas obreras. Sin embargo, es significativo y muy importante señalar el hecho de que la nueva organización sindical “izquierdista” en cuanto se fundó cayó en el férreo abrazo del Estado imperialista. La lucha en las altas esferas entre la vieja y la nueva federación puede en gran medida reducirse a la lucha por la simpatía y el apoyo de Roosevelt y su gabinete. Si bien en un sentido diferente, no es menos gráfico el cuadro del desarrollo o degeneración del movimiento sindical en España. En los sindicatos socialistas quedaron todos los elementos que en alguna medida representaban dentro de la dirección la independencia del movimiento sindical. En cuanto a los sindicatos anarcosindicalistas, se transformaron en instrumentos de los republicanos burgueses. Sus dirigentes se convirtieron en ministros burgueses conservadores. Que esta metamorfosis tuviera lugar en condiciones de guerra civil no atenúa su significación. La guerra no es mas que una continuación de la política de todos los días. Acelera procesos, deja a la vista sus rasgos esenciales, destruye lo corrompido, lo falso, lo equívoco y deja al desnudo lo esencial. El giro a la izquierda de los sindicatos se debe a la agudización de las contradicciones de clase e internacionales. Los dirigentes del movimiento sindical sintieron o entendieron (o les hicieron entender) que no es el momento de jugar a la oposición. Todo movimiento de oposición dentro del movimiento sindical, especialmente en las altas esferas, amenaza con provocar una movilización borrascosa de las masas y crearle dificultades al imperialismo nacional. De ahí el giro a la derecha y la supresión de la democracia obrera en los sindicatos. El rasgo fundamental, el vuelco hacia un régimen totalitario, se da en el movimiento obrero de todo el mundo. También deberíamos tener en cuenta a Holanda, donde no sólo el movimiento reformista y sindical eran los más seguros soportes del capitalismo imperialista, sino que también la llamada organización anarcosindicalista estaba en realidad bajo el control del gobierno imperialista. El secretario de esta organización, Sneevliet, a pesar de su simpatía platónica por la Cuarta Internacional, estaba muy preocupado como diputado del parlamento holandés porque la cólera del gobierno no cayera sobre su organización sindical. * * * * * * En los Estados Unidos el Departamento de Trabajo, con su burocracia izquierdista, tenía como tarea la subordinación del movimiento sindical al Estado democrático, y es preciso decir que hasta ahora la ha llevado a cabo con bastante éxito. * * * * * * La nacionalización de los ferrocarriles y de los campos petrolíferos en México no tiene, por supuesto, nada que ver con el socialismo. Es una medida de capitalismo de Estado en un país atrasado que busca de este modo defenderse por un lado del imperialismo extranjero y por el otro de su propio proletariado. La administración de los ferrocarriles, campos petrolíferos, etcétera, por medio de organizaciones obreras no tiene nada que ver con el control obrero de la industria, porque en última instancia la administración se hace por intermedio de la burocracia laboral, que es independiente de los obreros pero depende totalmente del Estado burgués. Esta medida tiene, por parte de la clase dominante, el objetivo de disciplinar a la clase obrera, haciéndola trabajar más al servicio de los intereses comunes del Estado, que superficialmente parecen coincidir con los de la propia clase obrera. En realidad la tarea de la burguesía consiste en liquidar a los sindicatos como organismos de la lucha de clases y sustituirlos por la burocracia como organismos de la dominación de los obreros por el Estado burgués. En tales condiciones la tarea de la vanguardia revolucionaria es emprender la lucha por la total independencia de los sindicatos y por la creación de un verdadero control obrero sobre la actual burocracia sindical, a la que se entregó la administración de los ferrocarriles, de las empresas petroleras y demás. * * * * * * Los sucesos de los últimos tiempos (antes de la guerra) han demostrado muy claramente que el anarquismo, que en cuanto a teoría no es más que un liberalismo llevado hasta sus últimas consecuencias, no era en la práctica más que propaganda pacífica dentro de la república democrática, cuya protección necesitaba. Si dejamos de lado los actos de terrorismo individual, etcétera, el anarquismo, como sistema de movilización de masas y como política, no ofrece más que material de propaganda bajo la pacífica protección de las leyes. En situaciones de crisis los anarquistas siempre hacen lo contrario de lo que predican en tiempos de paz. Esto ya lo había señalado el propio Marx refiriéndose a la Comuna de París. Y se repetía en mucha mayor escala en la experiencia de la Revolución Española. * * * * * *

 Los sindicatos democráticos, en el viejo sentido del término −de cuerpos en los que luchaban en el seno de la misma organización de masas más o menos libremente diferentes tendencias− ya no pueden existir más. Del mismo modo que no se puede volver al Estado democráticoburgués, tampoco es posible volver a la vieja democracia obrera. El destino de una refleja el de la otra. En realidad, la independencia de clase de los sindicatos en cuanto a sus relaciones con el Estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales, una dirección de la Cuarta Internacional. Naturalmente, esta dirección debe y puede ser racional y asegurar a los sindicatos el máximo de democracia concebible bajo las condiciones concretas actuales. Pero sin la dirección política de la Cuarta Internacional la independencia de los sindicatos es imposible.)

 

(ALTM. Sindicatos

Esto nos plantea el problema de nuestro trabajo en los sindicatos. 
En relación al conjunto de esta caracterización y de las propuestas, tenemos que intervenir
en los sindicatos como una expresión política. En algún documento leí que tenemos que politizar nuestra actividad sindical. No, la actividad sindical siempre tiene que tener como punto de partida los problemas reivindicativos, los más sentidos por los trabajadores. El motor vital son las necesidades sociales de una familia obrera -negadas, confiscadas por el capital. Nunca nos podemos despegar de eso y menos en los sindicatos o en una fábrica. Entregar ese terreno, es prácticamente un acta de defunción.
Otra cosa es ir y decir “vengo a pelear para que la Anses esté dirigida por los jubilados y los trabajadores, en nombre de... Es decir, que los obreros sepan que hay un PROGRAMA político de los trabajadores y una coordinadora sindical, que pelea por esas reivindicaciones. Así, promovemos una experiencia política a partir de esa lucha. 
Es decir, reunirse con nosotros, trabajar con nosotros e ir a esa lucha con un marco político, dentro de una situación nacional intensamente politizada. Pero esa lucha es una lucha reivindicativa.

 Hay que ver cómo se desenvuelve esto en el movimiento obrero. Pero no podemos esperar, porque nuestro inmovilismo disparará tendencias centrífugas.
¿Por qué no avanzar en esa experiencia? Pero no es solamente un problema de presentación, sino de los
instrumentos de trabajo. Por ejemplo, pienso, que tendríamos que editar una prensa sindical que dé expresión a todos los conflictos y luchas en los que participamos, no dejar afuera ninguna experiencia.
Hay un aspecto del periódico en el que estamos fracasando de manera reiterada y ya lo hemos discutido en el comité de redacción. El pensamiento del trabajador de base en una lucha no aparece en el periódico, los artículos están escritos como si fuéramos observadores externos o solamente desde nuestro plano de intervención. Por ejemplo, cuánto nos habló recién Oñate, desde la cárcel, llamó a la movilización de “estos luchadores y estos otros luchadores” por la causa de las libertades. El es un trabajador petrolero. Está en la Comisión Directiva del sindicato petrolero. Y dice “estos luchadores y estos otros luchadores”. Está hablando del Frente de Izquierda. No está diciendo “tengamos en cuenta que acá hay obreros peronistas y entonces a ver si algún dirigente peronista me saca de estas tres preventivas por luchar”. Lo señalé el martes pasado, en la apertura. Los discursos de los dirigentes sindicales fueron muy fuertes a favor de la unidad del movimiento obrero y la izquierda. El periódico tiene que expresar el pensamiento del activismo y evitar se especule sobre ese pensamiento según como le conviene.
A veces, para tratar de que ocurra esto, se hace un reportaje. Pero, claro, el reportaje está condicionado, en gran parte, por quién pregunta. Es mejor relatar lo que dicen los compañeros en el curso de la lucha. El periódico sindical debería hacer hablar al trabajador ¿Cómo la viven los trabajadores? ¿Qué te parece haber hecho esto y lo otro? ¿Qué te parecieron los piquetes del otro día? ¿Fueron útiles o no? Debe ser el eje de los artículos.

Otra cosa más. Nosotros queremos ganar a los mejores activistas. Pero tenemos que tener cuidado. Los activistas en general, sin embargo, también viven en un mundo propio que se aleja del obrero corriente. Y ese alejamiento se puede agrandar si hay una gran presencia de grupos de izquierda. Entonces, en un momento deLos desafíos de una transición histórica determinado, uno está hablando con alguien que es una secta caminando y no con alguien que es un constructor de la clase obrera. [Entonces] vienen disputas y peleas. Eso se supera ganando trabajadores de base que pasan a ser activistas, porque los ganamos y en la escuela de seriedad del sindicato; no los que tiene etiqueta de activistas.
Por ejemplo, en la actividad sindical (no voy a citar los lugares en que lo vi), especialmente cuando ocupamos lugares de comisión directiva, perdemos mucho tiempo discutiendo con los otros grupos. No nos conduce a nada. Es, en la pura discusión, lo que llame “contradicciones insuperables”. Tenemos que orientarnos a crecer más en la base sindical. Ser muchos más docentespor ejemplo. Y un día, cuando estos activistas un poquito acartonados se dencuenta de que el nuestro está creciendo, se van a interrogar sobre lo que pasa. Entonces van a entender un método y todo lo demás, y así los podríamos ganar. La palabra no es todo.
Sacar una publicación regular y coordinarla requiere de un método de organización. Entonces eso hay que discutirlo y verlo bien. El propósito de actuar como fracción sindical es formar políticamente a los trabajadores. El martes, Víctor Grossi habló sobre la jerarquía y el impacto de los cursos formativos que hubo sobre sindicalismo. Es impresionante esa parte del discurso. Decirlo en público marca una escuela. 


A 2 SINDICALISMO CLASISTA REVOLUCIONARIO. SOCIALSTA

 Lectura generadora para el Capítulo 2

(ASTARITA) El carácter burgués, o pequeño-burgués, de la ideología sindicalista.

La clase obrera argentina tiene una conciencia burguesa, y que confía en dirigentes y partidos patronales, “a pesar de ser sindicalmente avanzada”. Respondí que coincidía, y señalé la importancia de la definición de Lenin sobre el carácter burgués, o pequeño-burgués, de la ideología sindicalista.

Naturalmente, esta definición de Lenin conecta con la crítica que hace el marxismo a los programas y estrategias de los reformistas y socialistas vulgares, quienes ponen el acento en la distribución del ingreso, o de la riqueza (ver aquí). Pero esta última es asimismo la perspectiva con que militan miles de sindicalistas (me refiero a sindicalistas honestamente reformistas). Por lo general, estos se inclinan a creer que, mediante una combinación de presión sindical, negociación y apoyo a tal o cual fracción burguesa (o pequeño-burguesa), podrán mejorar definitivamente los ingresos y condiciones laborales de la clase obrera. Y también esa es la idea que tienen millones de trabajadores.

Los socialistas, en cambio, sostienen que en la medida en que no se transformen las relaciones sociales de producción, los males característicos del capitalismo -polarización social creciente, crisis periódicas y desocupación, explotación, trabajo alienado- no se acabarán. Por este motivo, los militantes obreros socialistas no pueden limitarse a ser buenos sindicalistas. Por supuesto, luchan por las demandas sindicales –mejora del salario, de las condiciones laborales, libertad de organización, etcétera- pero además, y por sobretodo, critican la ideología burguesa reformista. Una cuestión que subrayaba Lenin, y estaba en la tradición socialista, pero que ha tendido a perderse de vista. Así, por ejemplo, en Argentina muchos militantes de izquierda están convencidos de que es suficiente con ser los más consecuentes luchadores “contra el ajuste de Cambiemos y los gobernadores peronistas” para ganar a las masas trabajadoras al socialismo. Piensan que por esta vía “práctica” se rebalsarán los diques del dominio ideológico y político burgués, y que cualquier otro abordaje del problema es poco menos que “teoricismo abstracto”. Por eso, y sin ánimo de imponer principio de autoridad alguno, pienso que conocer lo básico del enfoque leninista sobre la naturaleza del sindicalismo puede ayudar a la reflexión acerca del contenido de la actividad socialista.

El carácter de clase del sindicalismo en el “¿Qué hacer?”

Tal vez la idea clave de Lenin es que las estrategias y programas reivindicativos del sindicalismo, en la medida en que no cuestionen la existencia misma del trabajo asalariado, no dejan de ser programas burgueses (o pequeño burgueses). La cuestión está planteada con mucha claridad en uno de sus trabajos más citados, el folleto ¿Qué hacer? (Obras Completas, tomo 5, Madrid, Akal, 1976).

En este escrito Lenin explica que la sindical es la lucha económica “práctica”, o de resistencia a los capitalistas, con el fin de mejorar las condiciones de la venta de la fuerza de trabajo. Por eso los sindicalistas (Lenin no se refiere a burócratas sindicales como conocemos hoy, sino a gremialistas honestos) reclaman reformas sociales contra la explotación económica, la desocupación, el hambre, por la promulgación de leyes de protección de la mujer y el niño, por mejores condiciones de trabajo por medio de una legislación sanitaria e industrial, y semejantes (véase p. 411).

Este tipo de actividad, sigue Lenin, es un elemento integrante de la actividad socialista, pero no por ello lleva a la lucha por el socialismo; por el contrario, puede inducir a una lucha exclusivamente sindical y a un movimiento no socialista (p. 407). Por este motivo señala que “[l]a socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera no solo para obtener condiciones ventajosas de venta de la fuerza de trabajo, sino para que sea destruido el régimen social que obliga a los desposeídos a vender su fuerza de trabajo a los ricos” (…) Se comprende, por tanto, que los socialdemócratas no solo no pueden circunscribirse a la lucha económica, sino que ni siquiera pueden admitir que la organización de las denuncias económicas constituye su actividad predominante” (p. 407, énfasis agregado).

También: “La lucha política de la socialdemocracia es mucho más amplia y más compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno” (p. 459). Por eso, la verdadera conciencia de clase es la conciencia “del antagonismo irreconciliable” entre los intereses de los obreros “y todo el régimen político y social contemporáneo” (p. 382). Pero en ausencia de esta conciencia de clase –esto es, de un programa y de una estrategia que apunte a terminar el trabajo asalariado- el movimiento sindical tiende, espontáneamente, a subordinarse a la ideología burguesa (digamos, a reivindicar “el salario justo”, “la justicia social en el reparto”, y similares).

Sin embargo, ¿por qué ocurre esta adaptación a la ideología burguesa? La respuesta es: porque no existe ideología independiente de las grandes clases sociales. En palabras de Lenin:

“… el problema se plantea así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio… (… en la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las clases ni por encima de las clases). Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de ella equivale a fortalecer la ideología burguesa.  (…) … el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa…  pues el movimiento obrero espontáneo es tradeunionismo… y el tradeunionismo implica precisamente la esclavización ideológica de los obreros por la burguesía ” (pp. 391-392). Insiste en que la tendencia espontánea del tradeunionismo es “cobijarse bajo el ala de la burguesía” (p. 392). Reivindica el rol de Lassalle en Alemania, por “haber apartado [al movimiento obrero] del camino del tradeunionismo progresista y del cooperativismo, en el cual se encauzaba espontáneamente…” (ibíd.). También observa que la ideología burguesa, la más difundida y constantemente resucitada en las formas más diversas, se impone constantemente al obrero (nota, p. 393).

Por eso, la política sindicalista es la política burguesa de la clase obrera: “La política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera” (p. 433; énfasis agregado; repite la idea en p. 445). De manera que “no combatir al tradeunionismo equivale a fortalecer la influencia de la ideología burguesa sobre los obreros” (p. 390).

Lo más importante es que se puede ser “clasista” y adherir, sin embargo, a la ideología burguesa. Es que un “clasista” puede tener conciencia de que defiende a la clase obrera en tanto grupo social enfrentado con la clase capitalista, pero limitar ese enfrentamiento a una redistribución del ingreso. Dicho de otra manera, se puede defender un sindicalismo “avanzado”, pero que no por ello trascienda los marcos de la ideología y política burguesa. Por este motivo, en el enfoque leninista, no basta con tener conciencia de que existe un conflicto por “el reparto justo de la torta”. Es necesario entender que el conflicto entre el capital y el trabajo es irreconciliable porque no hay posibilidad de que el explotado tenga una ración “justa”, en tanto continúe siendo explotado. ED ADEMAS DE CLASISTA DEBE SER REVOLUCIONARIO ¡!! (NOTA CHLY)

A modo de conclusión

Una consecuencia del predominio de la ideología burguesa reformista en la clase trabajadora es que no se puede explicar el voto masivo de los obreros a los partidos burgueses con el simple recurso de “son víctimas del fraude” o “están engañados”. Ni esperanzarse en que “cuando se den cuenta de que el gobierno X aplica un ajuste económico, abrazarán el programa de la izquierda” (al pasar, ese fue el discurso de buena parte de la izquierda cuando cayeron los “socialismos reales”: en cuanto se restaurara el capitalismo, los trabajadores, educados en las tradiciones del socialismo, se volcarían al socialismo revolucionario).

La realidad es que los trabajadores padecen cotidianamente la explotación, o la desocupación, y no por ello adhieren espontáneamente al socialismo. Y entre las causas más probables de por qué esto es así están la ausencia de alternativas sociales que se visualicen factibles (el fracaso de los “socialismos reales” pesa, y mucho); y la renovación de expectativas en corrientes burguesas, o pequeño-burguesas reformistas, acordes con el encuadre ideológico dominante. En este último respecto, es un hecho que el sistema político burgués ha demostrado, en repetidas ocasiones, capacidad para reciclar las esperanzas de las masas oprimidas… para llevarlas a nuevas frustraciones. En cualquier caso, estos procesos no se pueden explicar con el argumento simplista de “hubo fraude político”, “estafa” o “traición”. El problema de la ideología tiene mayor espesor que el de la mera maniobra de algún, o algunos, “estafadores políticos”.

Agreguemos que, al menos en Argentina, la ideología reformista burguesa está potenciada por el nacionalismo y la adoración al Estado “que es de todos”. En definitiva, todo apunta a la misma conclusión: la explicación del carácter de clase de la ideología y la política sindical burguesa (condimentada de nacionalismo y estatismo) es parte inseparable e ineludible de la crítica marxista.)

(ESTRATEGIA: El capitalismo, en diversas épocas y en esta en particular, ha inyectado al interior del movimiento la ideología burguesa, apartando a muchos trabajadores de sus deberes de clase.

En el curso de la lucha, los trabajadores organizo a los sindicatos y, en algunos, casos la evolución de estos ha permitido resistir en mejores condiciones (no es a si en la actualidad).

En nuestra época, el empirismo, la improvisación y el espontaneísmo son factores de atraso. Para superarlos, necesitamos de referencias fundamentales, banderas comunes, a enarbolar en todas partes del mundo.

Tareas Políticas

Las tareas políticas de los trabajadores se refieren a los problemas candentes de nuestro movimiento, desde un punto de vista estratégico son los siguientes:

1.     Formular y desarrollar el Programa de los trabajadores.

2.     Construir organización en todos los niveles.

3.     Vertebrar y articular la lucha social en todos los países.

4.     Desarrollar la cultura obrera para la elevación de la conciencia de clase.

5.     Practicar la solidaridad proletaria internacional.

El programa de los trabajadores es necesario, incluso imprescindible, es la referencia para la acción, son las banderas, el ¿Por qué luchamos? El Programa  es para las condiciones de hoy, no es de una vez y para siempre. Se trata de un Programa para la transición que debe ser evaluado constantemente y re-formulado según las circunstancias.

Construir organización significa crear estructura organizativa, como medio para llevar adelante el Programa. Las organizaciones existentes deben fortalecerse, evolucionando coherentemente y transformándose en formas adecuadas y congruentes con las necesidades del movimiento. Es importante, también atraer a los trabajadores que nunca han estado sindicados e incorporarlos a la lucha de una forma unitaria.

En todos los países hay sectores sociales en lucha, La clase obrera tiene el deber de enarbolar las banderas del presente, tales como, los servicios públicos, la defensa de los recursos naturales, los servicios estratégicos, así mismo la sanidad, y la educación, el agua y el medio ambiente. También, es necesario apoyar la lucha por los derechos sociales y políticos de todos los pueblos y comunidades.

El alma del movimiento debe ser su conciencia. Para ello, es preciso desarrollar el concepto de cultura obrera, referido a la cultura del movimiento obrero. El propósito es desarrollar la conciencia de los trabajadores para elevarla al nivel de conciencia de clase.

Practicar la solidaridad internacional entre los trabajadores  es un importante medio para lograr la identidad de clase que nos permita asumir acciones unificadas.

En la lucha de clases, toda lucha es política. Es característico que el capital y el Estado siempre enfrente al movimiento obrero y lo reprima. Es necesario, por tanto, proceder tácticamente, valorando con la mejor precisión la relación de fuerzas, teniendo presente que, lo más importante es preservar, dentro del movimiento, el futuro de éste.

Lo anterior significa que la lucha se gana en los preparativos y la lucha de los trabajadores es un batallar sucesivo que no triunfa en un solo acto ni de inmediato. El futuro del movimiento tiene en la organización de los trabajadores a su principal baluarte. Por ello, en cualquier circunstancia es pertinente conservar a la organización para estar capacitados para continuar la lucha de clases.

El discurso enseña pero el ejemplo arrastra. Es decir, no basta los llamados, los trabajadores conscientes debemos ser ejemplo de trabajo, estudio, honestidad y ética, con una práctica política unitaria, incluyente y democrática.

La movilización no son solamente marchas y mítines. Conviene diseñar planes de acción múltiples que permitan incorporar al conjunto de los trabajadores. En ninguna parte existe la democracia obrera sin participación de los trabajadores. Esto implica la toma de decisiones colectivas mayoritarias para asumir acciones de gran calado.

La prensa de los trabajadores y la huelga son dos armas fundamentales de la clase trabajadora que deben utilizarse conscientemente. La prensa de los trabajadores es un importante medio para la organización y educación de los trabajadores. La huelga es un medio, jamás un fetiche, para el logro de algunas conquistas. Pero el uso de este medio requiere un alto nivel de responsabilidad política, tanto para hacerlo exitosamente posible, como para evitar que pierda efecto.

La dirección política del movimiento necesita incorporar a los mejores trabajadores para evitar la burocratización. En todo momento, los representantes deben rendir cuentas, teniendo los trabajadores el derecho de revocarles la representación.

CONCLUSIONES

Sacamos las siguientes propuestas:

Llamamos a los trabajadores de España y del mundo a la lucha unitaria basada en un proyecto de clase que tiene como tareas políticas las siguientes.

o   Formular y desarrollar el programa de la clase de los trabajadores

o   Construir organización en todos los lugares y a todos los niveles

o   Vertebrar y articular la lucha social en todos los lugares

o   Desarrollar la cultura obrera para la elevación de la conciencia de clase

o   Practicar la solidaridad proletaria internacional.)

 

(LEN)

1. La emancipación de los obreros debe ser obra de los obreros mismos. (10)

2 - Es misión cooperar en la lucha de la clase obrera por su emancipación, desarrollando la conciencia de clase de los obreros, contribuyendo a su organización y señalando las tareas y los objetivos de la lucha. (9) -

Dentro de cada sindicato, se subordinan con lealtad a la mayoría de los obreros pero luchan por ampliar la influencia de sus ideas. (263) -

El desarrollo de la conciencia de clase de los obreros debe hacerse mediante la contribución a su lucha por sus necesidades más esenciales. (28) -

Las tareas de los sindicatos consisten en ser los artífices de la nueva vida, en ser educadores de nuevos millones y decenas de millones de seres que aprendan por propia experiencia a no cometer errores  y a desechar los viejos prejuicios, que aprendan por propia experiencia a dirigir el estado y la producción: sólo en esto reside la garantía infalible de que la causa del socialismo venza por completo, excluyendo toda posibilidad de retroceso. (339)

3. CONTRA EL SECTARISMO - Es preciso no quedar al margen de los sindicatos y, por encima de todo, no dar motivo para pensar que hay que quedar al margen, sino esforzarse por participar, por influir, etc. (145) - Cuanto más amplias sean las organizaciones sindicales más amplia será nuestra influencia en ellas. (113) No es cosa nuestra cultivar el trigo en pequeños tiestos. (115) - Durante toda una serie de años, Engels insistió tenazmente en que los marxistas ingleses cometían un error al actuar de modo sectario, al no saber sumarse al instinto de clase de las Trade Unions (sindicato inconsciente, pero poderoso), al transformar el marxismo en un ‘dogma’ cuando lo que debe ser es ‘una guía para la acción’. Cuando existen condiciones objetivas que frenan el desarrollo de la conciencia política y de la independencia de clase de las masas obreras, hay que saber trabajar mano a mano con ellas pacientemente, con firmeza, sin hacer concesiones en los principios, pero sin renunciar a actuar en el centro mismo de las masas obreras. (206) - Los marxistas no son huéspedes casuales en el movimiento obrero. Saben que tarde o temprano todos los sindicatos adoptarán su posición sobre la base del marxismo. Están convencidos de que el futuro pertenece a sus ideas y, en consecuencia, no fuerzan los acontecimientos, no aguijonean a los sindicatos, no les cuelgan rótulos ni los dividen. (264) - Tampoco puede dejar de parecernos un absurdo ridículo y pueril las disquisiciones pomposas, muy sabias y terriblemente revolucionarias de los izquierdistas alemanes, quienes afirman que los marxistas no pueden ni deben actuar en los sindicatos reaccionarios, que es permisible renunciar a semejante actividad, que es preciso abandonar los sindicatos y organizar sin falta una ‘unión obrera’, completamente nueva y pura, inventada por comunistas muy simpáticos (y en la mayoría de los casos, probablemente, muy jóvenes), etc, etc. (359) - Pero es tal, precisamente, la estupidez en que incurren los comunistas alemanes ‘de izquierda’, los cuales deducen del carácter reaccionario de los cabecillas sindicales la conclusión de que es preciso... ¡salir de los sindicatos!!, ¡¡renunciar a actuar en ellos!!, ¡¡crear formas de organización obrera nuevas, inventadas!! Una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio que los comunistas pueden prestar a la burguesía. (362 y s.) - Para saber ayudar a ‘las masas’ y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo no hay que temer las dificultades, las cicatrices, las zancadillas, los insultos y las persecuciones por ‘los jefes’ y se debe actuar sin falta allá donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios y vencer los mayores obstáculos para efectuar una propaganda y una agitación sistemáticas, tenaces, perseverantes y pacientes precisamente en las instituciones, sociedades y asociaciones, por reaccionarias que sean, donde haya masas proletarias o semiproletarias. Y los sindicatos son cabalmente las organizaciones donde están las masas. (363)

3 - Podemos (y debemos) emprender la edificación del socialismo no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Esto es, sin duda, muy ‘difícil’; pero cualquier otro modo de enfocar el problema es tan poco serio que no merece la pena hablar de ello. (360).)